Por Juan Sánchez Andraka
Los que nacimos en la década de los treinta nos enfrentamos ahora a una forma de vida distinta. Nosotros vivimos en hogares en donde había respeto y amor, vocabulario limpio, alimentación natural, limpieza y obligación de colaborar en las tareas de la casa. Nos dormíamos temprano y nos levantábamos temprano.
Jugábamos en la calle -no había carros-. Nuestros juegos provocaban movimiento, sudor y cansancio físico. Todas las comidas eran en casa con papá y mamá en la mesa. En la escuela los maestros imponían disciplina. Su conducta diaria era ejemplar. Cumplían con sus horarios de trabajo.
No había vocabulario vulgar, ni ruidos estridentes, ni basura en las calles. Todos, desde muy temprano barrían su calle. Las mamás cocinaban y estaban atentas a las necesidades del hogar.
Los papás eran los proveedores. Teníamos días de campo. Las pozas de los ríos y de las barrancas eran nuestro paraíso. Así fue la niñez de mi generación. No se usaban las palabras cáncer, hipertensión , diabetes, sida, ejecutado, extorsión ni secuestro.
Tampoco oíamos hablar de divorcio ni de madres solteras, ni siquiera de guarderías. Los hijos no se guardaban. Los que nacimos en la década de los treinta, ahora somos viejos. Las formas de vida ahora son distintas. La palabra dinero ahora es la más poderosa.
Las naciones, las familias, los individuos viven para obtenerlo y pelean, se dividen y mueren por dinero. No hay paz. No hay seguridad. No hay armonía. Para obtener dinero deforestaron los bosques. Contaminaron el mar, los ríos, los lagos y el aire. Nos llegaron nuevas enfermedades. La vanidad, las apariencias, la vulgaridad, las prisas y el estrés inundaron nuestras vidas.
El dinero se convirtió en el dios que todos aman. Despareció la felicidad en muchos pero sigue existiendo en quienes se revelan y tienen una vida simple y sencilla. Vivir solamente con lo necesario.
No contaminarse con el consumismo. No concebir el triunfo de la vida en tener mucho. Tener paz interior y armonía. Ver el cielo, los cerros, el mar, los ríos, los árboles y sentirlos parte de uno mismo. Esta es la rebelión que urge. Esta es la verdadera revolución. Este es el verdadero cambio.
Ante el dramático panorama de violencia, guerra, ambición, consumismo y todo lo que ahora existe, debemos estar bien desde nuestra cabeza a los pies ¿todo anda mal? Si. Pero nosotros no.
Ante todo lo negro convirtamonos en puntitos blancos y provoquemos que esos puntitos se multipliquen.
Una vida sencilla, sin ambiciones obsesivas, sin prisas, sin estrés y con mucho amor a todos y a todo es la solución a esta terrible forma de existir. Repito lo que ya he dicho: cambiemos nuestra mente.
